Un equipo liderado por el investigador del CONICET Nicolás Bonel puso a prueba una explicación que rige en la biología evolutiva desde hace más de un siglo y concluyó que no alcanza para dar cuenta del fenómeno. El trabajo se publicó en la revista científica Evolution Letters.
El fenómeno es la depresión por consanguinidad: la pérdida de supervivencia, tamaño o capacidad reproductiva que sufre la descendencia de individuos emparentados. Es uno de los problemas centrales de la biología de la conservación y de la cría de animales.
La explicación clásica sostiene que ese daño ocurre porque los hijos de parientes heredan copias recesivas o defectuosas del mismo gen. Ese razonamiento dependía de un supuesto que nunca se había podido aislar: que el daño solo aparece si existe variación genética real entre los individuos de la población.
«Buscamos responder una pregunta fundamental: ¿qué ocurriría con la depresión por consanguinidad si se eliminara casi por completo la variación genética entre los individuos sin modificar el grado de parentesco entre ellos?», planteó Bonel, del Centro de Recursos Naturales Renovables de la Zona Semiárida (CERZOS), en Bahía Blanca.
Para lograrlo, el equipo sometió a caracoles de agua dulce de la especie Physa acuta a 28 generaciones de autofecundación forzada. El seguimiento demandó más de una década.
El daño siguió apareciendo igual. La descendencia autofecundada presentó menor supervivencia juvenil, menor tamaño corporal y menor éxito reproductivo en comparación con los cruces entre hermanos y primos.
Ni siquiera los modelos de simulación que multiplicaron por diez las tasas de mutación lograron reproducir la magnitud del daño observado.
«Nuestro estudio permitió poner esa explicación a prueba de manera directa […] Los resultados muestran que los efectos negativos de la consanguinidad persisten aun cuando ya no existe variación genética que pueda explicar las diferencias observadas», señaló el investigador.
Bonel trabajó junto a Christoph Grunau y a Patrice David, este último del Centre d'Écologie Fonctionnelle et Évolutive (CEFE-CNRS) de Montpellier, en Francia.
Una explicación epigenética
Los autores proponen una alternativa.
«Nuestra hipótesis es que cuando los gametos provienen de individuos estrechamente emparentados, es más probable que compartan ciertas marcas epigenéticas desfavorables, lo que podría afectar el desarrollo y el desempeño de la descendencia aun cuando la secuencia del ADN sea la misma», explicó Bonel.
Según el trabajo, los programas de conservación y de cría selectiva deberían incorporar variables epigenéticas a sus modelos de riesgo estándar, que hoy solo contemplan la acumulación de mutaciones perjudiciales.