Un equipo internacional con participación de investigadores del CONICET y la Universidad de Mendoza midió por primera vez la resistencia dinámica del hierro bajo presiones y temperaturas similares a las del núcleo interno de la Tierra. El trabajo se publicó el 13 de julio en la revista Nature Communications.
El núcleo interno está a más de 5.000 kilómetros de profundidad. Ningún instrumento llega hasta ahí.
Es una región compuesta principalmente por hierro sólido, sometida a presiones de entre 330 y 365 gigapascales —más de tres millones de veces la presión atmosférica de la superficie— y a temperaturas que van de 4.350 a 6.550 kelvin. La dureza dinámica del hierro en esas condiciones nunca había podido medirse en un laboratorio.
El núcleo, reproducido durante nanosegundos
El experimento se hizo en la National Ignition Facility del Lawrence Livermore National Laboratory, en Estados Unidos, con los láseres de altísima potencia de esa instalación. De acuerdo con el equipo del estudio, allí se recrearon presiones de entre 310 y 430 gigapascales y temperaturas de entre 3.700 y 5.800 kelvin, próximas a las del núcleo interno.
La resistencia dinámica medida fue de 11 a 20 gigapascales en una orientación cristalina y de 8 a 18 gigapascales en otra. La viscosidad del material quedó entre 100 y 170 pascales-segundo.
La compresión se produjo a una velocidad de deformación de entre un millón y cien millones de veces por segundo, muy por encima del ritmo natural de cambio del núcleo, que oscila entre 10⁻¹⁸ y 10⁻¹⁴ por segundo.
La orientación de los cristales define el resultado
Según el equipo, la resistencia final del hierro depende de cómo se orientan sus cristales durante la compresión. Bajo presión extrema, además, el material pasa de una estructura cristalina cúbica a una hexagonal.
Del lado argentino participaron Eduardo Bringa, investigador del CONICET, y Orlando Deluigi, becario posdoctoral del organismo. Ambos integran el Grupo SIMAF (Simulaciones en Materiales, Astrofísica y Física) de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Mendoza. También intervino Carlos Ruestes, exmiembro del grupo, hoy en la Universidad Politécnica de Madrid.
La colaboración incluyó, además, a la Universidad de California San Diego, la Universidad Politécnica de Madrid y Stanford University.
El CONICET y los autores del trabajo sostienen que las mediciones tienen implicancias para entender la velocidad de transmisión de las ondas sísmicas, el origen del campo magnético terrestre y la evolución de otros planetas rocosos y asteroides con núcleos parecidos al de la Tierra.
El artículo salió en el volumen 17 de Nature Communications y lleva el DOI 10.1038/s41467-026-72210-4.