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Crean SpudCell, la primera célula sintética que se alimenta, crece y se divide

Un equipo de la Universidad de Minnesota construyó SpudCell, la primera estructura armada por completo desde cero, con componentes químicos no vivos, que reúne capacidades asociadas a la vida: se alimenta, crece, copia su material genético y se divide.

Reunir todas esas funciones en una sola estructura era, hasta ahora, característico de las células vivas. SpudCell lo consigue a partir de compuestos que no estaban vivos, sin una historia evolutiva previa.

La célula sintética contiene solo la información imprescindible para replicarse. Su genoma tiene 90.000 pares de bases distribuidos en siete moléculas de ADN, unas 25 veces menos información genética que una bacteria común.

Está compuesta por entre 150 y 200 tipos de moléculas. A 30 grados, completa una división celular en unas 12 horas.

Ese conjunto acotado de piezas alcanza para sostener un ciclo completo. La estructura capta nutrientes del entorno y usa esa energía para crecer antes de partirse en dos.

En los ensayos, la célula transmitió ventajas genéticas a las generaciones siguientes, un rasgo que la Universidad de Minnesota describió como un comportamiento análogo a la selección natural.

«Una célula sintética es una célula que la construye el humano», definió el biólogo y científico del CONICET Fabricio Ballarini, cuyas explicaciones ordenaron la discusión en la comunidad científica local.

SpudCell no es inmortal. «Se duplica dos o tres veces y muere», señaló Ballarini. Cada unidad transmite su material antes de extinguirse.

Sobre la discusión de fondo, la ciencia trabaja con una idea de vida construida por comparación. «La definición de vida un poco la tenemos porque conocemos a la vida», dijo el investigador.

El trabajo tuvo un recorrido inusual. La revista Cell lo rechazó en una primera instancia. Los autores publicaron entonces la investigación en una web de acceso abierto, sin patentes.

La difusión abierta derivó en una respuesta económica rápida: se recaudaron 10 millones de dólares en una semana para financiar la línea de trabajo.

El proyecto estuvo liderado por Katarzyna Adamala e integrado por Nathaniel J. Gaut, Christopher Deich, Brock Cash, Tanner Hoog y Aaron E. Engelhart.

Ballarini ubicó el hallazgo en un terreno abierto. «Como toda herramienta científica, puede servir para cosas espectaculares y para cosas terribles», advirtió.